Okay, so this is fi-nished, and just about time because the deadline is on Friday 0_o I think I'm doing something really, really stupid by sending it with 'Nekare' as my pseudonym, but I've grown so used to the name that I can't imagine myself using another. *sigh*
Title: Murmúrame Al Oído, Hazme Sonrojar
Rating: R
Word Count: 1305
Author's Notes: This is the story I've been ranting about for a week already, the one about the slut. Written for a short story contest held in my college. I'm kinda in love with this character, if I gotta be honest *g* It shall be translated in a little while.
Te alimentas de los gemidos, del sonido de tu nombre suspirado una y otra vez por voces temblorosas, nunca las mismas, igual que las manos que sostienen tus caderas o las bocas que se pegan a tu piel. Nada te sabe más rico que una nueva conquista, un nuevo coqueteo que acaba en la cama con la misma facilidad que una pluma cae al suelo cuando la sueltas desde lo alto – es gravedad, o inercia, quien sabe, pero te sabe dulce el descubrimiento y amargo el momento en que la novedad finalmente se apaga.
Nunca quedas satisfecha, por más que tu sangre corra por tus venas aderezada por la adrenalina y las feromonas y esas hormonas que te piden más, más, más, solo una vez más, ¿por favor?
Te muerdes las uñas mientras el sudor se seca en la espalda del hombre en turno, mientras él te ve, medio dormido, con la mitad de la cara hundida en la almohada, pero tú no puedes dormir después más que puedes volar, y simplemente te sientas en la única silla del cuarto barato del motel, la sola idea de volver a la cama dándote náuseas.
¿Qué no te gustó? pregunta él, este desconocido que significa tan poco para ti que ni siquiera merece un nombre, y tú finges una sonrisa y dices Claro, como no me iba a gustar,? y él es lo suficiente tonto como para tragarse el cuento, como para sonreírte y decir ¿Cuándo te puedo volver a ver?,? con los ojos medio cerrados, y no puedes contenerte, te ríes de él, cerrando los ojos, y al fin cuando él se duerme puedes pronunciar el Ya quisieras? que te da lástima decirle a la cara.
Abres la puerta y te sientas en el pequeño escalón que da al piso, el barandal tapándote la vista mientras fumas en silencio con la puerta abierta, las uñas pintadas de rojo y los pies descalzos. Dejas caer la ceniza a la triste alfombra del cuarto del motel, lo cual no importa mucho porque quien sabe cuantas asquerosidades ya le han caído encima de todos modos. El cielo está demasiado azul, como desafiando al smog que avanza sin piedad, y las palmeras a la orilla del motel hace que te imagines a ti misma en Miami, flamingos rosas y colores pastel y suave arena en lugar del piso de cemento y la cabeza llena de ilusiones.
Avientas el cigarro por el balcón cuando terminas, lo ves caer dos pisos hasta la alberca cubierta de hojas secas y algo flotante que parece ser ropa interior. Entras al cuarto de nuevo, pero solo agarras tus cosas y te sales, sin siquiera mirar al hombre desparramado en la cama, agarrando las sábanas sucias en una especie de tic nervioso.
La piel color beige de la tapicería del carro se pega a tu espalda con el sudor todavía húmedo y la luz del sol de medio día. El coche es viejo, pero no lo suficiente para ser considerado vintage, y se queda en el punto en que solo parece necesitar una muerte piadosa. En tu bolsa color azul eléctrico hay trece cigarros sueltos que le robaste al hombre del motel.
Te gusta pensar que le dejaste la cajetilla vacía como recuerdo.
---
Te mueves al siguiente hombre con la facilidad de un experto, un nuevo bar porque no tienes ningún interés de encontrarte parte de tu pasado, un caballito de tequila para calentarte a ti misma, y luego los tragos corren por carteras ajenas mientras ríes en los momentos indicados sin prestar atención a una sola palabra.
Tu vestido es azul; corto, porque vas a lo que vas, pero tus uñas siguen tan rojas como lo habían estado en el motel esta mañana, y el contraste es impactante con tu cabello teñido.
Un desconocido te murmura tonterías al oído, aliento húmedo que suena a estática, y otro tiene su mano sobre tu rodilla, masajeándola suavemente mientras tú te deshaces en sonrisas. Sigues a uno de ellos al baño, no estás segura de cual, y te sientes viva contra la puerta del cubículo, los mensajitos y teléfonos escritos en marcador negro permanente quedándose en tu cuerpo gracias al sudor.
Te vas a casa con tatuajes temporales, sola, abrazándote a ti misma porque no hay nadie más que lo haga por ti, los labios rosa pálido de nuevo ya que todo el rojo se quedo en el cuello de otra persona.
Tratas de ver la tele, de tener un destello de normalidad, pero no te puedes concentrar en las imágenes en la pantalla (la nueva aspiradora 3000, una mágica máquina para jugos; el noticiero), y mejor te metes a bañar. Te sientas en una esquinita de la regadera, viendo a la pared mientras el agua cae sobre ti y se lleva el olor a conquista por el drenaje. Mueves los dedos de los pies, viendo como chapotean en el agua, tu cabello pegado a la cara y casi no dejándote ver nada.
Cuando finalmente te acuestas, dos horas antes de que te tengas que levantar, tus manos se mueven solas, como queriendo abrazar a alguien que ya no esta ahí.
----
Sigues sola cuando te despiertas, cuando te bañas de nuevo y comes cereal pasado con ojeras bajo los ojos.
Sigues sola mientras te vas a trabajar en tu coche que se para cada cinco esquinas, mientras archivas bostezando, mientras comes en una cafetería gris con el letrero de su nombre a medio borrar.
Sigues sola mientras regresas a tu casa, mientras cenas con la tele prendida como ruido de fondo, mientras te acuestas y ves al techo y deseas que sea fin de semana de nuevo, para que te puedas colgar del cuello de un nuevo hombre, suspirar contra piel cálida y dejar de sentirte sola todo el maldito tiempo.
(Aunque solo sea por un momento.)
---
Te tiras al tipo de las copias el miércoles, a media oficina y todavía media vestida, tus medias en los tobillos y el borde de la fotocopiadora hundiéndose en tu espalda. La luz halógena es lo suficientemente brillante como para ver cada detalle de la cara del muchacho de veinte años que estas usando, así que prefieres cerrar los ojos, concentrarte en la textura de la piel bajo tus manos en lugar de pensar a quien le pertenece.
No eres lo suficiente inocente como para pensar que es culpa. Mas bien, no te quieres hacer ilusiones. Según tu filosofía, las cosas se usan y luego se tiran.
Y en el fondo, crees que todos piensan igual que tú.
---
En tu closet están los mil y un souvenirs que has coleccionado a través de los años, cuatro cigarros (te fumaste los demás) del hombre del motel, una llave oxidada que encontraste en la bolsa trasera de los pantalones del muchacho de las copias, una caja de cerillos de un bar cuyo nombre se te ha olvidado, un arete, una camiseta despintada, un cuarto de perfume barato.
Tal vez no recuerdes caras, pero te llevas un cachito de cada hombre que pasa por tu vida, un flash de color y olor más que memoria – sinestesia en práctica.
Te encierras en el closet cada sábado por la mañana, todavía en pijama y con los tragos de la noche anterior pesándote en la cabeza. El piso esta frío y mueves los dedos de los pies como tratando de tener el menor contacto posible con el mosaico helado.
Pones en su lugar el nuevo recuerdito – una pluma de hotel – y te sientas sobre tu abrigo más viejo, mirando los anaqueles llenos de parafernalia robada, de encuentros en callejones y carros rentados. Repasas tus favoritos, tratas de recordar los más viejos, y no sales hasta que es hora de volver un nuevo objeto a tu colección.
Ahí, entre tus memorias, te sientes acompañada.
Title: Murmúrame Al Oído, Hazme Sonrojar
Rating: R
Word Count: 1305
Author's Notes: This is the story I've been ranting about for a week already, the one about the slut. Written for a short story contest held in my college. I'm kinda in love with this character, if I gotta be honest *g* It shall be translated in a little while.
Te alimentas de los gemidos, del sonido de tu nombre suspirado una y otra vez por voces temblorosas, nunca las mismas, igual que las manos que sostienen tus caderas o las bocas que se pegan a tu piel. Nada te sabe más rico que una nueva conquista, un nuevo coqueteo que acaba en la cama con la misma facilidad que una pluma cae al suelo cuando la sueltas desde lo alto – es gravedad, o inercia, quien sabe, pero te sabe dulce el descubrimiento y amargo el momento en que la novedad finalmente se apaga.
Nunca quedas satisfecha, por más que tu sangre corra por tus venas aderezada por la adrenalina y las feromonas y esas hormonas que te piden más, más, más, solo una vez más, ¿por favor?
Te muerdes las uñas mientras el sudor se seca en la espalda del hombre en turno, mientras él te ve, medio dormido, con la mitad de la cara hundida en la almohada, pero tú no puedes dormir después más que puedes volar, y simplemente te sientas en la única silla del cuarto barato del motel, la sola idea de volver a la cama dándote náuseas.
¿Qué no te gustó? pregunta él, este desconocido que significa tan poco para ti que ni siquiera merece un nombre, y tú finges una sonrisa y dices Claro, como no me iba a gustar,? y él es lo suficiente tonto como para tragarse el cuento, como para sonreírte y decir ¿Cuándo te puedo volver a ver?,? con los ojos medio cerrados, y no puedes contenerte, te ríes de él, cerrando los ojos, y al fin cuando él se duerme puedes pronunciar el Ya quisieras? que te da lástima decirle a la cara.
Abres la puerta y te sientas en el pequeño escalón que da al piso, el barandal tapándote la vista mientras fumas en silencio con la puerta abierta, las uñas pintadas de rojo y los pies descalzos. Dejas caer la ceniza a la triste alfombra del cuarto del motel, lo cual no importa mucho porque quien sabe cuantas asquerosidades ya le han caído encima de todos modos. El cielo está demasiado azul, como desafiando al smog que avanza sin piedad, y las palmeras a la orilla del motel hace que te imagines a ti misma en Miami, flamingos rosas y colores pastel y suave arena en lugar del piso de cemento y la cabeza llena de ilusiones.
Avientas el cigarro por el balcón cuando terminas, lo ves caer dos pisos hasta la alberca cubierta de hojas secas y algo flotante que parece ser ropa interior. Entras al cuarto de nuevo, pero solo agarras tus cosas y te sales, sin siquiera mirar al hombre desparramado en la cama, agarrando las sábanas sucias en una especie de tic nervioso.
La piel color beige de la tapicería del carro se pega a tu espalda con el sudor todavía húmedo y la luz del sol de medio día. El coche es viejo, pero no lo suficiente para ser considerado vintage, y se queda en el punto en que solo parece necesitar una muerte piadosa. En tu bolsa color azul eléctrico hay trece cigarros sueltos que le robaste al hombre del motel.
Te gusta pensar que le dejaste la cajetilla vacía como recuerdo.
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Te mueves al siguiente hombre con la facilidad de un experto, un nuevo bar porque no tienes ningún interés de encontrarte parte de tu pasado, un caballito de tequila para calentarte a ti misma, y luego los tragos corren por carteras ajenas mientras ríes en los momentos indicados sin prestar atención a una sola palabra.
Tu vestido es azul; corto, porque vas a lo que vas, pero tus uñas siguen tan rojas como lo habían estado en el motel esta mañana, y el contraste es impactante con tu cabello teñido.
Un desconocido te murmura tonterías al oído, aliento húmedo que suena a estática, y otro tiene su mano sobre tu rodilla, masajeándola suavemente mientras tú te deshaces en sonrisas. Sigues a uno de ellos al baño, no estás segura de cual, y te sientes viva contra la puerta del cubículo, los mensajitos y teléfonos escritos en marcador negro permanente quedándose en tu cuerpo gracias al sudor.
Te vas a casa con tatuajes temporales, sola, abrazándote a ti misma porque no hay nadie más que lo haga por ti, los labios rosa pálido de nuevo ya que todo el rojo se quedo en el cuello de otra persona.
Tratas de ver la tele, de tener un destello de normalidad, pero no te puedes concentrar en las imágenes en la pantalla (la nueva aspiradora 3000, una mágica máquina para jugos; el noticiero), y mejor te metes a bañar. Te sientas en una esquinita de la regadera, viendo a la pared mientras el agua cae sobre ti y se lleva el olor a conquista por el drenaje. Mueves los dedos de los pies, viendo como chapotean en el agua, tu cabello pegado a la cara y casi no dejándote ver nada.
Cuando finalmente te acuestas, dos horas antes de que te tengas que levantar, tus manos se mueven solas, como queriendo abrazar a alguien que ya no esta ahí.
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Sigues sola cuando te despiertas, cuando te bañas de nuevo y comes cereal pasado con ojeras bajo los ojos.
Sigues sola mientras te vas a trabajar en tu coche que se para cada cinco esquinas, mientras archivas bostezando, mientras comes en una cafetería gris con el letrero de su nombre a medio borrar.
Sigues sola mientras regresas a tu casa, mientras cenas con la tele prendida como ruido de fondo, mientras te acuestas y ves al techo y deseas que sea fin de semana de nuevo, para que te puedas colgar del cuello de un nuevo hombre, suspirar contra piel cálida y dejar de sentirte sola todo el maldito tiempo.
(Aunque solo sea por un momento.)
---
Te tiras al tipo de las copias el miércoles, a media oficina y todavía media vestida, tus medias en los tobillos y el borde de la fotocopiadora hundiéndose en tu espalda. La luz halógena es lo suficientemente brillante como para ver cada detalle de la cara del muchacho de veinte años que estas usando, así que prefieres cerrar los ojos, concentrarte en la textura de la piel bajo tus manos en lugar de pensar a quien le pertenece.
No eres lo suficiente inocente como para pensar que es culpa. Mas bien, no te quieres hacer ilusiones. Según tu filosofía, las cosas se usan y luego se tiran.
Y en el fondo, crees que todos piensan igual que tú.
---
En tu closet están los mil y un souvenirs que has coleccionado a través de los años, cuatro cigarros (te fumaste los demás) del hombre del motel, una llave oxidada que encontraste en la bolsa trasera de los pantalones del muchacho de las copias, una caja de cerillos de un bar cuyo nombre se te ha olvidado, un arete, una camiseta despintada, un cuarto de perfume barato.
Tal vez no recuerdes caras, pero te llevas un cachito de cada hombre que pasa por tu vida, un flash de color y olor más que memoria – sinestesia en práctica.
Te encierras en el closet cada sábado por la mañana, todavía en pijama y con los tragos de la noche anterior pesándote en la cabeza. El piso esta frío y mueves los dedos de los pies como tratando de tener el menor contacto posible con el mosaico helado.
Pones en su lugar el nuevo recuerdito – una pluma de hotel – y te sientas sobre tu abrigo más viejo, mirando los anaqueles llenos de parafernalia robada, de encuentros en callejones y carros rentados. Repasas tus favoritos, tratas de recordar los más viejos, y no sales hasta que es hora de volver un nuevo objeto a tu colección.
Ahí, entre tus memorias, te sientes acompañada.
(no subject)
Por lo demás, el personaje tiene su punto entrañable, y triste. A ver si hay suerte con el concurso!
(no subject)
Je, ya se, me da un poco de lastimita, esta chava. Gracias! Espero y me vaya bien (aunque los premios estan bastante chafas, para ser honesta).
(no subject)
I miss writing. :(
(no subject)
Muy bien escrito todo, enserio qe te mete a la historia de una manera qe ni te das cuenta. Lo qe más me gusto es la parte donde dice qe se abraza a ella misma por qe no hay nadie mas y qe se despierta sola y baña sola y come sola y todo sola.
Y la ultima línea tiene un no-sé-bien-qe qe me gusto demasiado.
Suerte en lo del concurso