I started shaping this up in my head in English, and then I realized it and went 'no, no, bad brain, bad!' I will translate it, but I have to quit writing in English by default - it's bad enough that I use English grammar in dialogue already. *headdesk*
Anyway I liiiike this. So twisted and weird.
Mírate en el espejo
Original - 1577 palabras
Básicamente trata de un tipo bastante enfermo que viaja en el tiempo y termina besandose a si mismo. Er.
Todo empieza cuando resucita a su gato.
Es marzo, y el viento arroja tierra contra la ventana de su sótano, pero él apenas lo nota. El gato maúlla, las puntas de sus patas todavía ligeramente verdosas, y Christian deja los electrodos sobre la mesa y sonríe, lento, disfrutando el momento. Tiene los brazos manchados de sangre hasta los codos, producto de los experimentos con ratas que no funcionaron. Los cuerpos – o lo que queda de ellos – están apilados en la esquina del cuarto. El gato se está tratando de liberar de los cables que lo rodean y acaba enredándose. Christian lo libera antes de que pueda descomponer la máquina.
Uno de los ojos del gato está rojo, como si todos los capilares hubieran explotado al mismo tiempo, un poco de descomposición que la máquina no pudo arreglar. El gato es blanco con manchas negras en el lomo, se llama Vaca y hay un hoyo en el jardín debajo de una cruz de madera. No hay manera de confundir el gato con el que lleva muerto tres meses.
Los padres de Christian se aterrorizan, gritan y sacan al gato de la casa a escobazos, y luego se sientan en la sala temblando y miran fijamente a Christian sentado enfrente de ellos, manos ensangrentadas cruzadas sobre las rodillas y la espalda recta. Su madre se lleva las manos a la boca, su padre hunde la cara entre las manos. Christian tiene diez años, cuatro meses y veinticinco días.
No le dan postre ese día.
El gato duerme en su cama esa noche, tal como lo hacía antes de morir, y huele un poco a tierra mojada, pero a Christian no le importa mucho. Al otro día a la máquina le faltan partes, y la pila de cadáveres de ratas ya no está en su laboratorio, pero él se encoje de hombros y empieza a trabajar en algo más. Al fin y al cabo, la máquina ya cumplió su cometido.
El gato ronronea en su regazo.
----
Termina la máquina del tiempo cuando tiene diecisiete.
Da un paso atrás, la mira en silencio, la caja de dos metros cubierta de cables de colores que se enredan entre ellos, forman patrones y cuentan una historia. Las pequeñas luces que marcan los niveles de energía se prenden y apagan intermitentemente, al mismo ritmo que el latido de su corazón. Eso no estaba en el plan, pero Christian supone que puso demasiado de si mismo en la máquina. El gato maúlla sobre su mesa de trabajo, y Christian le da unas palmadas en la cabeza antes de salir del laboratorio, fuera de la casa y de su cuadra hasta la vieja iglesia a medio derrumbar.
Se sienta en los escalones de la iglesia, el cuello de su abrigo levantado y fumando cigarro tras cigarro porque puede, porque no hay nada mejor que hacer, ninguna otra forma de celebrar. El gato lo siguió, y está acostado junto a él, sus orejas moviéndose cada vez que un coche pasa por ahí. Nadie le ha dicho Vaca al gato por siete años. Los niños del vecindario le empezaron a decir Zombie, y el nombre se le quedo. A Christian no le molesta. Al gato tampoco.
Dura tres horas sentado en la iglesia, y cuando al fin se levanta deja un rastro de colillas, camino de moronas moderno que el gato pisa mientras camina detrás de Christian, la cola en el aire y las patas todavía ligeramente verdes aún después de siete años. Christian se la pasa tres días viendo la máquina del tiempo, sin atreverse a tocarla, y en el cuarto día se ve a si mismo salir de la máquina, sacudiéndose el pelo para quitarse la arena que lo pinta casi de blanco.
“Vienes del trópico, me imagino,” le dice al otro Christian, y ninguno de los dos parece sorprendido de verse.
“Casi. Vengo de Egipto, la décima dinastía,” dice Christian del futuro, y le rasca las orejas a Zombie por un momento antes de añadir, “Tengo hambre.”
Christian asiente, y los dos suben a la cocina, se preparan sándwiches de nutella. Los dos se limpian la boca con una servilleta de tela cada vez que muerden el sándwich, y no hablan mientras tienen la boca llena. Están sentados frente a frente, y es como verse en un espejo, prácticamente los mismos movimientos al mismo tiempo, pero todo al contrario, y eso es lo que más le extraña a Christian. Ambos traen puesta la misma corbata negra y la impecable camisa blanca de cuello alto.
“Apenas es mi tercer viaje,” dice su futuro, y Christian termina su sándwich, se limpia los dedos cuidadosamente con su servilleta. Tiene sus iniciales grabadas. Sus padres usan servilletas de papel.
“¿A dónde has ido?”
“Nuestro laboratorio, el día que revivimos a Zombie. Limpié las ratas muertas de la esquina, y vi cuando papá empezó a destruir la máquina. Luego fui a Egipto. ¿La leyenda urbana de que la Gran Pirámide era pista de aterrizaje para los aliens? Mentira. Pero tampoco eran tumbas.”
Christian no pregunta más, porque sabe que solo es cuestión de tiempo para que él mismo lo descubra.
Su doble se queda una semana. Christian se escapa de clases y tiene largas conversaciones con si mismo en el laboratorio, refutando teorías y haciendo competencias – quién puede construir un acelerador de partículas en menos tiempo, quién logra hacer que el tostador hable y dore el pan en forma de pez y diga la hora en tres idiomas. Siempre empatan.
Se sientan en los escalones de la iglesia abandonada y comparten cigarros, temblando bajo sus abrigos y con los dedos manchados de nicotina. Duermen en la misma cama, con el gato entre ellos, y su respiración se iguala justo antes de dormir, inhala y exhala y de nuevo y no se siente como si hubiera un extraño junto a él.
Christian se besa por primera vez a si mismo para quitarse el ardor que el olor de la sangre causa en su garganta.
Vuelven a construir la máquina con la que revivieron al gato, parte por parte hasta que queda irreconocible del prototipo amateur que construyeron cuando tenían diez años. Se roban un cadáver de la facultad de medicina, y aún con un hombre muerto en la cajuela todavía le dan el paso a viejitas con bolsas del mercado y se paran cuando el semáforo todavía está en amarillo.
Dos horas después el cadáver vuelve a la vida, respirando entrecortadamente, ojos muy abiertos y sus manos tratando de agarrar algo, cualquier cosa. Trata de hablar, pero solo atina a balbucear, y entonces el hombre nota la incisión en Y sobre su pecho, como le faltan tejidos en los brazos. Ni siquiera tiene todos sus órganos, ha sido usado como material de estudio por al menos un año. Trata de gritar, pero Christian le removió las cuerdas vocales antes de revivirlo, y nada sale de su boca.
Tanto Christian como su doble toman apuntes, asienten y toman signos vitales, muestras de laboratorio. Entonces el experimento termina, y cada uno toma un bisturí y rebanan la garganta del hombre, uno de cada lado de la mesa y en un solo movimiento hacia su sí mismos, y la sangre arterial les salpica la cara, la camisa blanca, la corbata negra.
Solo es entonces cuando la adrenalina se dispara, y Christian jala a su doble por encima de la mesa, por encima del cadáver que sigue sangrando; lo besa y sabe a triunfo. Se meten juntos a la regadera, después de deshacerse del cuerpo, y se enjuagan la sangre y se muerden los labios bajo el agua, ojos abiertos, y cuando se vienen , las manos sobre el otro, se siente como si estuvieran solos. Fuman juntos, después, las cabezas afuera de la ventana de su cuarto, el pelo todavía mojado.
Vuelven a hacerlo en la noche, en su cama, mientras sus padres están dormidos en el otro cuarto, y se miran a los ojos pero no emiten ni un solo sonido. Al otro día lavan la sangre seca de su mesa de trabajo mientras discuten la posibilidad de parar el tiempo. Su madre encuentra sus camisas manchadas de sangre y los regaña, dice que si no fuera bastante no poder diferenciarlos. Su padre lee el periódico y dice que dejaron un pedazo de dedo en el laboratorio después de que tiraron el resto del cuerpo, y luego pregunta cuando el Christian del futuro piensa regresar, que tener a dos en el mismo techo es demasiado. Llevan años sin poder sorprenderse de lo que haga Christian.
Vuelven a los escalones de la iglesia, acarician al gato y se besan hasta que les duelen los labios porque pueden, porque no hay nada mejor que hacer. Su futuro despierta a Christian temprano en la mañana, cuando todavía está oscuro afuera de la ventana, y solo le murmura un adiós al oído antes de irse. Christian toma cereal en el desayuno, mastica lento y no derrama ni una gota de leche.
Se vuelve a sentar frente a la máquina del tiempo, viéndola fijamente con la cabeza ligeramente inclinada a la izquierda. Diez minutos después se para y finalmente entra a la máquina. Se ve a si mismo, diez años y cuarenta centímetros menos que su altura actual. Ve cuando el gato vuelve a la vida. Luego va a Egipto, se llena el pelo de arena.
Luego vuelve a salir de la máquina, y se ve a si mismo sentado ahí.
Ninguno de los dos parece sorprendido de verse.
Anyway I liiiike this. So twisted and weird.
Mírate en el espejo
Original - 1577 palabras
Básicamente trata de un tipo bastante enfermo que viaja en el tiempo y termina besandose a si mismo. Er.
Todo empieza cuando resucita a su gato.
Es marzo, y el viento arroja tierra contra la ventana de su sótano, pero él apenas lo nota. El gato maúlla, las puntas de sus patas todavía ligeramente verdosas, y Christian deja los electrodos sobre la mesa y sonríe, lento, disfrutando el momento. Tiene los brazos manchados de sangre hasta los codos, producto de los experimentos con ratas que no funcionaron. Los cuerpos – o lo que queda de ellos – están apilados en la esquina del cuarto. El gato se está tratando de liberar de los cables que lo rodean y acaba enredándose. Christian lo libera antes de que pueda descomponer la máquina.
Uno de los ojos del gato está rojo, como si todos los capilares hubieran explotado al mismo tiempo, un poco de descomposición que la máquina no pudo arreglar. El gato es blanco con manchas negras en el lomo, se llama Vaca y hay un hoyo en el jardín debajo de una cruz de madera. No hay manera de confundir el gato con el que lleva muerto tres meses.
Los padres de Christian se aterrorizan, gritan y sacan al gato de la casa a escobazos, y luego se sientan en la sala temblando y miran fijamente a Christian sentado enfrente de ellos, manos ensangrentadas cruzadas sobre las rodillas y la espalda recta. Su madre se lleva las manos a la boca, su padre hunde la cara entre las manos. Christian tiene diez años, cuatro meses y veinticinco días.
No le dan postre ese día.
El gato duerme en su cama esa noche, tal como lo hacía antes de morir, y huele un poco a tierra mojada, pero a Christian no le importa mucho. Al otro día a la máquina le faltan partes, y la pila de cadáveres de ratas ya no está en su laboratorio, pero él se encoje de hombros y empieza a trabajar en algo más. Al fin y al cabo, la máquina ya cumplió su cometido.
El gato ronronea en su regazo.
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Termina la máquina del tiempo cuando tiene diecisiete.
Da un paso atrás, la mira en silencio, la caja de dos metros cubierta de cables de colores que se enredan entre ellos, forman patrones y cuentan una historia. Las pequeñas luces que marcan los niveles de energía se prenden y apagan intermitentemente, al mismo ritmo que el latido de su corazón. Eso no estaba en el plan, pero Christian supone que puso demasiado de si mismo en la máquina. El gato maúlla sobre su mesa de trabajo, y Christian le da unas palmadas en la cabeza antes de salir del laboratorio, fuera de la casa y de su cuadra hasta la vieja iglesia a medio derrumbar.
Se sienta en los escalones de la iglesia, el cuello de su abrigo levantado y fumando cigarro tras cigarro porque puede, porque no hay nada mejor que hacer, ninguna otra forma de celebrar. El gato lo siguió, y está acostado junto a él, sus orejas moviéndose cada vez que un coche pasa por ahí. Nadie le ha dicho Vaca al gato por siete años. Los niños del vecindario le empezaron a decir Zombie, y el nombre se le quedo. A Christian no le molesta. Al gato tampoco.
Dura tres horas sentado en la iglesia, y cuando al fin se levanta deja un rastro de colillas, camino de moronas moderno que el gato pisa mientras camina detrás de Christian, la cola en el aire y las patas todavía ligeramente verdes aún después de siete años. Christian se la pasa tres días viendo la máquina del tiempo, sin atreverse a tocarla, y en el cuarto día se ve a si mismo salir de la máquina, sacudiéndose el pelo para quitarse la arena que lo pinta casi de blanco.
“Vienes del trópico, me imagino,” le dice al otro Christian, y ninguno de los dos parece sorprendido de verse.
“Casi. Vengo de Egipto, la décima dinastía,” dice Christian del futuro, y le rasca las orejas a Zombie por un momento antes de añadir, “Tengo hambre.”
Christian asiente, y los dos suben a la cocina, se preparan sándwiches de nutella. Los dos se limpian la boca con una servilleta de tela cada vez que muerden el sándwich, y no hablan mientras tienen la boca llena. Están sentados frente a frente, y es como verse en un espejo, prácticamente los mismos movimientos al mismo tiempo, pero todo al contrario, y eso es lo que más le extraña a Christian. Ambos traen puesta la misma corbata negra y la impecable camisa blanca de cuello alto.
“Apenas es mi tercer viaje,” dice su futuro, y Christian termina su sándwich, se limpia los dedos cuidadosamente con su servilleta. Tiene sus iniciales grabadas. Sus padres usan servilletas de papel.
“¿A dónde has ido?”
“Nuestro laboratorio, el día que revivimos a Zombie. Limpié las ratas muertas de la esquina, y vi cuando papá empezó a destruir la máquina. Luego fui a Egipto. ¿La leyenda urbana de que la Gran Pirámide era pista de aterrizaje para los aliens? Mentira. Pero tampoco eran tumbas.”
Christian no pregunta más, porque sabe que solo es cuestión de tiempo para que él mismo lo descubra.
Su doble se queda una semana. Christian se escapa de clases y tiene largas conversaciones con si mismo en el laboratorio, refutando teorías y haciendo competencias – quién puede construir un acelerador de partículas en menos tiempo, quién logra hacer que el tostador hable y dore el pan en forma de pez y diga la hora en tres idiomas. Siempre empatan.
Se sientan en los escalones de la iglesia abandonada y comparten cigarros, temblando bajo sus abrigos y con los dedos manchados de nicotina. Duermen en la misma cama, con el gato entre ellos, y su respiración se iguala justo antes de dormir, inhala y exhala y de nuevo y no se siente como si hubiera un extraño junto a él.
Christian se besa por primera vez a si mismo para quitarse el ardor que el olor de la sangre causa en su garganta.
Vuelven a construir la máquina con la que revivieron al gato, parte por parte hasta que queda irreconocible del prototipo amateur que construyeron cuando tenían diez años. Se roban un cadáver de la facultad de medicina, y aún con un hombre muerto en la cajuela todavía le dan el paso a viejitas con bolsas del mercado y se paran cuando el semáforo todavía está en amarillo.
Dos horas después el cadáver vuelve a la vida, respirando entrecortadamente, ojos muy abiertos y sus manos tratando de agarrar algo, cualquier cosa. Trata de hablar, pero solo atina a balbucear, y entonces el hombre nota la incisión en Y sobre su pecho, como le faltan tejidos en los brazos. Ni siquiera tiene todos sus órganos, ha sido usado como material de estudio por al menos un año. Trata de gritar, pero Christian le removió las cuerdas vocales antes de revivirlo, y nada sale de su boca.
Tanto Christian como su doble toman apuntes, asienten y toman signos vitales, muestras de laboratorio. Entonces el experimento termina, y cada uno toma un bisturí y rebanan la garganta del hombre, uno de cada lado de la mesa y en un solo movimiento hacia su sí mismos, y la sangre arterial les salpica la cara, la camisa blanca, la corbata negra.
Solo es entonces cuando la adrenalina se dispara, y Christian jala a su doble por encima de la mesa, por encima del cadáver que sigue sangrando; lo besa y sabe a triunfo. Se meten juntos a la regadera, después de deshacerse del cuerpo, y se enjuagan la sangre y se muerden los labios bajo el agua, ojos abiertos, y cuando se vienen , las manos sobre el otro, se siente como si estuvieran solos. Fuman juntos, después, las cabezas afuera de la ventana de su cuarto, el pelo todavía mojado.
Vuelven a hacerlo en la noche, en su cama, mientras sus padres están dormidos en el otro cuarto, y se miran a los ojos pero no emiten ni un solo sonido. Al otro día lavan la sangre seca de su mesa de trabajo mientras discuten la posibilidad de parar el tiempo. Su madre encuentra sus camisas manchadas de sangre y los regaña, dice que si no fuera bastante no poder diferenciarlos. Su padre lee el periódico y dice que dejaron un pedazo de dedo en el laboratorio después de que tiraron el resto del cuerpo, y luego pregunta cuando el Christian del futuro piensa regresar, que tener a dos en el mismo techo es demasiado. Llevan años sin poder sorprenderse de lo que haga Christian.
Vuelven a los escalones de la iglesia, acarician al gato y se besan hasta que les duelen los labios porque pueden, porque no hay nada mejor que hacer. Su futuro despierta a Christian temprano en la mañana, cuando todavía está oscuro afuera de la ventana, y solo le murmura un adiós al oído antes de irse. Christian toma cereal en el desayuno, mastica lento y no derrama ni una gota de leche.
Se vuelve a sentar frente a la máquina del tiempo, viéndola fijamente con la cabeza ligeramente inclinada a la izquierda. Diez minutos después se para y finalmente entra a la máquina. Se ve a si mismo, diez años y cuarenta centímetros menos que su altura actual. Ve cuando el gato vuelve a la vida. Luego va a Egipto, se llena el pelo de arena.
Luego vuelve a salir de la máquina, y se ve a si mismo sentado ahí.
Ninguno de los dos parece sorprendido de verse.
(no subject)
(Um.. yeah - I miss my native tongue.)
** Runs off to read **
(no subject)
(no subject)
jajaja
zombie kitties! What would Pete D. think?
deliciously twisted. With Nutella. And supertoasters. and self-kissing. yes.
(no subject)
Thank you! I'm especially proud of the supertoaster, lol. XD
(no subject)
Me encanta. Christian de 10 años y cientìfico loco. de 17 y se besa a si mismo del futuro. ♥
(no subject)
Gracias!! ♥